La entrada en el siglo XXI ha confirmado, aún más, que el avance de las economías y las sociedades está íntimamente ligado al avance y la utilización de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Es posible que nuestros predecesores, en un futuro lejano, estudien esta época en que ahora vivimos como la Edad de la Comunicación.

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La entrada en el siglo XXI ha confirmado, aún más si cabe, que el avance de las economías y las sociedades está íntimamente ligado al avance y la utilización de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC). Es posible que nuestros predecesores, en un futuro lejano, estudien esta época en que ahora vivimos como la Edad de la Comunicación, o la Edad Tecnológica. Nunca lo sabremos, pero lo que sí sabemos, sin ningún género de duda, es que el desarrollo de las nuevas tecnologías ha dado lugar al nacimiento de nuevas formas de vida, de relación entre las personas, de interacción entre los distintos agentes que conforman una sociedad y, por supuesto, de nuevos modelos de trabajo.

El uso de las TIC en todos los ámbitos de la vida es ya una realidad. Sin embargo, su nivel de aplicación no es homogéneo, existiendo inmensas diferencias entre unos países y otros, incluso dentro del propio mundo industrializado, del mundo occidental, del denominado Primer Mundo. Asimismo, a medida que avanza la globalización son más evidentes las diferencias entre países, que llegan a sacar los colores a más de un gobierno.

En el caso de España, su situación dista de ser la deseable en el ranking europeo de países tecnológicamente avanzados. A pesar de que se han conseguido importantes logros en esta materia en los últimos años, aún quedan muchos esfuerzos por hacer, muchas inversiones que realizar, muchas políticas que implantar para conseguir situarnos a la altura que nos correspondería, teniendo en cuenta que somos la octava potencia mundial en función del Producto Interior Bruto (PIB), pero ocupamos el puesto número 34 en cuanto a la productividad y competitividad de nuestras empresas.

Este preocupante dato está relacionado con los rasgos característicos del tejido empresarial español, constituido en más de un 94% por pymes, de las cuales un elevadísimo porcentaje son microempresas de menos de 10 empleados y trabajadores autónomos (a finales de 2006 había más de tres millones de trabajadores dados de alta en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos). En España, el nivel de incorporación y uso de las TIC en las empresas es directamente proporcional al tamaño de las mismas, lo que quiere decir que existen una gran cantidad de pymes que se sitúan muy por debajo de los niveles tecnológicos de las grandes compañías, y al mismo tiempo muy alejadas de la media que registran las pymes de la mayoría de los países de la Unión Europea.

Esta situación de retraso tecnológico viene motivada, en gran medida, por la falta de formación e información acerca de las tecnologías, lo que genera una escasa percepción de su utilidad en la aplicación a los diferentes procesos productivos. Por tanto, si queremos que la economía española se sitúe a los niveles que le corresponden en el entorno europeo y mundial, si pretendemos que nuestras empresas sean competitivas en un mercado cada vez más globalizado, ayudar a las pymes, a las microempresas y a los autónomos a entender e integrar las tecnologías en sus procesos de negocio resulta crucial.

La mayoría de los autónomos españoles disponen de tecnología (el 74%), pero la utilizan principalmente para labores de ofimática básica, dejando de lado importantes utilidades para el marketing o las ventas, la planificación de la producción, la gestión de stocks, la gestión de las relaciones con los clientes o de los recursos humanos. De hecho, en torno al 37% reconoce una dificultad de uso y de adaptación a las nuevas tecnologías, un 25% no les ve la utilidad, y más de un 56% no considera que Internet sea una herramienta necesaria para su negocio. Asimismo, un 40% alega como razón para no utilizar las TIC que sus costes son demasiado elevados.

Los autónomos deben comprender que sin tecnología no hay nuevas oportunidades de negocio, y posiblemente tampoco haya futuro. Ahora bien, "tecnología" es una palabra muy amplia que engloba múltiples soluciones y aplicaciones. Tan sólo focalizando sectorialmente la inmensa variedad de productos, utilidades y servicios tecnológicos será posible calar en este segmento profesional.

Hasta los sectores más tradicionales pueden seguir siendo fieles a su tradición artesanal después de haber incorporado las tecnologías más adecuadas en cada caso. Pero las necesidades tecnológicas de una peluquería no son las mismas que las de un ferretero, un taxista o un transportista. Por ello, las nuevas tecnologías deben adaptarse a los negocios, y no a la inversa.

¿Qué le resulta más productivo a una peluquería: una página web con herramientas comercio electrónico, o una solución de mobile marketing que le permita "convocar" a sus clientes habituales mediante ofertas puntuales para ese día en que el libro de citas está vacío? Si somos capaces de explicar las bondades de la tecnología con ejemplos concretos de competitividad, aumento de productividad y rentabilidad, conseguiremos que nuestras pymes, nuestras microempresas y nuestros autónomos comprendan fácilmente el mensaje y entiendan que las TIC han dejado de ser un lujo o un gasto innecesario para convertirse en una inversión, en una necesidad para la empresa del siglo XXI.

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